Capítulo I
Había visto tantas veces la foto que creía haber vivido conscientemente la escena. Allí estaba él, con ocho meses y un gorrito ridículo, encaramado a lo alto de un andamio sobre el muro maestro en construcción de la casa. Le sostenía un hombre en blanco y negro, sonriente, calvo y con gafas. Era su padre.
Sólo a través de la foto supe que la casa había nacido conmigo. Para mi memoria la casa siempre había estado allí. Solitaria, alejada del pueblo. Estaba rodeada de bancales salpicados de algarrobos, olivos, almendros y chumberas. Sus dos plantas, con el tejado abuhardillado y el jardín de hiedra alrededor le daban una fisonomía muy peculiar. Con la terraza cubierta mirando hacia el mar y la chimenea rasgando el cielo, parecía una cara torcida rodeada de barba.
Nunca supe cuánto apreciaba esa casa, lo que había en ella, lo que significaba, hasta que la condenamos. Hoy he venido a despedirme de ella. He venido solo, lo considero un acto personal e íntimo, y tal como me siento, profundamente triste. Ha debido correrse la voz de que está abandonada porque es evidente que los gamberros han entrado a divertirse con ella, tan cobardes, ahora que no tiene quien la defienda. Nosotros nunca entrábamos por la puerta principal. Esa era la entrada oficial para los clientes de mi padre y las visitas formales y, habitualmente, pesadas:
“- ¿Quién osa?” - mascullaba mi padre cuando algún indeseable – que lo era todo individuo después de la hora de comer- tocaba el timbre al lado de la puerta de madera. Y mirando a hurtadillas entre los visillos de la sala de estar trataba de identificarle para decidir qué táctica de camuflaje y distracción ordenar a sus hijos.
Toda la familia entrábamos por la verja trasera que conducía a través del jardín, con sus pequeños cantos rodados, hasta el garaje y la cocina. Hijos de puta. Aquella ya no era nuestra cocina: Estaba desconocida, los destrozos eran difíciles de contemplar sin que se encogiera el estómago. Era como un naufrago abandonado a su suerte en medio del mar, con su cuerpo hecho jirones por las dentelladas de los escualos. Habían arrancado el fregadero y la madera de los armarios y la encimera aparecía completamente astillada, todo revuelto con desperdicios, como restos de una orgía de violencia: el placer de destruir.
Y sin embargo superando a esas ondas malignas todavía se podía sentir en el ambiente el calor y el cariño de Mamen, nuestra… nuestra cocinera. Mamen al principio compartía con mi madre todas las tareas de la casa: Nos cuidaba a nosotros, arreglaba la ropa, limpiaba la casa y hacía la comida. Cuando se fue haciendo mayor se decantó exageradamente por la especialización, dejando de lado casi todos los trabajos que no fueran la cocina. En realidad yo la recuerdo siempre allí; y era “su” cocina lo que provocaba no pocos altercados con mi madre, con la que mantenía perpetuas discusiones culinarias y de prioridades domésticas. Mi madre nunca comprendió que Mamen fuera incapaz de hacer dos cosas al mismo tiempo, y la desesperaba contemplarla dando vueltas y vueltas al tomate frito, mientras el resto de la comida permanecía preparar y luego todo eran prisas y agobios (mi padre tenía un reloj de cuco por estómago que justo a las dos y cuarto habría la portezuela y si no tenía la comida delante le picoteaba el humor hasta avinagrarlo).
La cocina todavía olía a Maizena y Colacaco, a ensalada, patatas fritas y bocadillos, de salchichón, a pan tostado con mantequilla, azúcar y aroma de verano. Aquella cocina, como toda la casa, había nacido como nosotros, espartana, pero suficiente, y luego creció y mejoró a nuestras espaldas, la de los hijos, puesto que vivíamos la mayor parte del año en la capital y sólo por vacaciones volvíamos donde ella. Todavía resoplan por aquí, mezclados con nuestros gritos infantiles, los mojados forzudos que traían con esfuerzo grandes barras de hielo para alimentar la vieja nevera. Me encantaba asomarme dentro del cofre para tocar el cristal transparente que despedía un humo frío sorprendente. Cuando la primera nevera eléctrica apareció, de ella dijo mi padre que era el mejor invento del hombre. Y cuando más tarde lo repetía en las tertulias con los amigos, provocaba una inmediata discusión con mi madre, entre mosqueada y divertida:
“¡Cómo se nota que nunca has doblado el espinazo para destrozarte las manos frotando la ropa de toda la familia en un fregadero de piedra! Es evidente que el mejor invento de todos los tiempos ha sido la lavadora.”
Y los dos tenían razón. Para mi padre la máxima ilusión mientras opositaba, en la posguerra del hambre, era tener una despensa y una nevera –aquel invento americano- llenas a rebosar de comida y con tiempo suficiente para comérsela sin las prisas de competir con su hermano, el “opulento” tío PepeJulio, quien le ganaba en toda lid alimenticia, sobre todo a la horade engullir pasteles. Cuando éstos aparecían en algún evento excepcional siempre se acababa con la aparición de las iras de mi padre al comprobar que su hermano era capaz de comerse cinco pasteles cuando él sólo podía con dos.
Mi madre trabajó mucho mientras nos crió a los cuatro hermanos. Es preciosa la foto de ella con la abuela y mi hermana Iciar, las tres en el garaje inclinadas sobre la fregadera de piedra metidas las manos en un mar de espuma: “Tres generaciones lavando” –Decía el pie de foto escrito por mi padre. Ahora sólo hay polvo sobre ella. Todo el garaje aparece sucio y con telarañas, como mi espíritu. Alguien dijo por ahí que quien haya vivido una infancia feliz, tiene un tesoro que nadie le puede quitar. Es cierto. Nuestras vidas, las de los hermanos, han sido bastante menos felices que aquellos años en los que nuestros padres, en aquella casa, nos cuidaron y nos mimaron.
Me he hecho daño al torcerme un tobillo pisando un trozo de madera. Vuelvo a salir al porche a respirar aire puro. Los antocersis están secándose ¡Cómo echan de menos los cuidados de mi padre! Tantas horas, días y años, cuidando aquel jardín ahora abandonado a su suerte. Muchas de nuestras diversiones nos hacían correr a través del jardín y en las curvas, cuando frenábamos, proyectábamos las piedras del caminito dentro de los parterres.
<< -¡Maldición!-gritaba mi padre ¿Quién ha estado jugando en el jardín>>. Y la investigación se ponía en marcha. Como tantas otras. Mi padre compensaba sus cabreos por nuestros pequeños desmanes con exhaustivos interrogatorios sobre todos los posibles sospechosos, que a la sazón éramos cuatro. Era una labor conocida, por habitual, y que pienso que le debía gustar sobremanera a pesar de que le ponía indefectiblemente furioso el no encontrar nunca al responsable del desaguisado. Al final como una compañía de soldados solidarios con el infractor, todos nos teníamos que poner, a regañadientes y con la sensación de fastidio y aburrimiento más profunda, a recoger, y devolver al camino, cada una de las dichosas piedrecitas.
Aquél jardín vivió con nosotros las más fantásticas aventuras. Con una simple y rudimentaria escoba de caña, sucia y llena de pelusa, lo que la hacía mucho más temible, y con un pañuelo negro alrededor de la cabeza mi madre se transformaba en la más pavorosa de todas las brujas que habitaban la noche. Era tan maravillosamente terrorífica que su fama había traspasado las fronteras de nuestra casa y nuestros amigos venían encantados a sufrir el peor de los pánicos junto con nosotros. Al principio nos escondíamos de ella por dentro de la casa, cuyos numerosos recovecos y cuartos habilitaban multitud de escondrijos. Con el tiempo mi madre fue añadiendo sofisticación a su parafernalia del terror. Se ponía una careta de látex que representaba la misma cara del espanto: Tenía unas cejas negras superpobladas de pelos duros como de alambre, con una nariz inmensa, y de su boca sobresalían cuatro dientes cascados y amarillos, y toda la cara estaba cubierta de granos rojos purulentos con pelos.
